Mundo ficciónIniciar sesión—Esta gorda ridícula está obsesionada conmigo.
—¡Eres un hijo de puta!, dile que soy tu mujer.
Una bofetada me lanzó al suelo. Caí a los pies de un hombre, al levantar la cabeza vi que era el CEO Altamirano.
Él me dio la mano para ayudarme a levantar.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó mirando a su futuro yerno.
Adrián parecía una fiera defendiendo su territorio.
Esos ojos negros profundos a los que tanto amaba, ahora me daba miedo.
Los invitados estuvieron atentos a lo que estaba sucediendo.
La prometida de Adrián, más preocupada de lo que dirán que de aclarar la situación, trató de restar importancia a lo sucedido.
—Padre, está gordita llegó aquí para dañar mi celebración.
—Suegro, ¡Yo le juro! esta mujer me asedia, todo el tiempo me coquetea, pero yo no le hago caso.
Gael Altamirano se giró a verme y me tomó por el brazo.
—Ya basta de tanto show, venga conmigo.
—¿Qué harás con ella papá?, llama a la policía y que ellos se encarguen.
—Sí, buena idea, llame a la policía para que vean que estoy golpeada.
—Que siga la fiesta, y tú jovencita, ¡Cállate y camina!
En ese momento ví todo negro, la cabeza me daba vueltas y me faltaba el aire.
Era mucho sufrimiento para un corazón enamorado. Las palabras de Adrián rebotan en mi cabeza, nunca me había amado, ¿Entonces porque estaban conmigo?
—Camina rápido muchacha.
Altamirano todavía sujetaba mi brazo con fuerza.
Las piernas me fallaron y el mundo se me borró, perdí el conocimiento.
Me desperté con el olor del alcohol en mis fosas nasales.
—Ya se despertó, no es necesario llamar al médico.
Las voces se alejaban,
El señor Altamirano salió al pasillo a dar indicaciones a los empleados.
Estaba acostada en una cama enorme, había una gran cantidad de almohadas y las cortinas eran de lino con bordados dorados.
De inmediato reconocí que era la suite presidencial. Alguna estuve allí para llevar un servicio a un cliente importante del hotel.
Me levanté para irme y la puerta estaba cerrada con llave. Me acerqué al balcón del hotel en busca de aire fresco.
Miraba las luces de la ciudad, en medio de mi soledad, lloraba con amargura.
Los ojos me ardían y el corazón también, todo ese tiempo dormí con un extraño.
Coloqué la manos en el barandal y me asomé un poco hacia adelante, para tirar una pulsera que él me había regalado.
Las manos de Gael Altamirano me tomaron por la cintura.
—Ni se te ocurra suicidarte en mi hotel.
—Apártese, solo quiero irme de aquí.
—En ese estado no dejaré que te vayas, eres capaz de hacer una locura.
Él tenía razón, yo estaba fuera de mí, mi cabeza era una nube de pensamientos oscuros.
Traté de ir a la puerta de salida con pasos firmes. La rabia me devolvió la fuerza que el desmayo me había robado.
—¿A dónde vas trepadora? Te vas porque no tienes cómo justificar tu comportamiento.
—¡Usted no sabe nada! Cree que el mundo se divide en gente con su apellido y basura que limpia sus suelos. Su yerno me juró amor mientras yo pagaba sus cuentas, ¡y usted me trata como a una criminal!
Él dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba su cuerpo.
Su mirada, cargada de un juicio frío , bajó por mis labios temblorosos.
—Eres una actriz excelente —masculló él, su voz entrecortada. —Seduces con esa mirada de ciervo herido, pero apuesto a que bajo ese uniforme de mesera solo hay ambición.
—Pruébame —lo reté pegando mi pecho al de él, cegada por la humillación—. Míreme a los ojos y dígame que soy yo la que miente.
Él me agarró por las muñecas, no con violencia, sino con una desesperación repentina.
La furia de la discusión se transformó en una corriente eléctrica que nos dejó sin aire.
Él me inmovilizó contra la pared, pero en lugar de otro insulto, nuestras respiraciones se mezclaron.
El odio se volvió una atracción primitiva; Gael bajó la vista a mi cuello, donde mi pulso latía desbocado.
Él se inclinó, rozando mi mejilla con su naríz, buscando el rastro de mis lágrimas y el aroma de mi piel, a punto de rendirse al impulso.
Gael hundió su mano en mi cabello, obligándome a sostener la mirada mientras me acorralaba contra la pared.
El aire en la suite parecía haberse agotado.
—Mientes con la boca, pero tu cuerpo me dice otra cosa —susurró él, su voz era un gruñido contra mi cuello—. Estás temblando. ¿Es de miedo o es que por fin encontraste a alguien que no puedes manipular con lágrimas?
—Averígualo... —Mi desafío sonó a súplica.
En ese instante, la furia se fundió con un deseo primitivo.
Gael me besó con una violencia hambrienta, un beso que no tenía nada de romántico y todo de posesivo.
En lugar de empujarlo, le devolvió el beso con la misma rabia, aferrándome a sus hombros como si él fuera el único suelo firme en medio de su naufragio.
Mis manos subieron por el traje costoso de él, buscando piel.
Él bajó la cremallera de mi uniforme de mesera con una urgencia que hizo que la tela cediera, dejando mis hombros al descubierto.
Gael se separó bruscamente, jadeando, con los ojos oscurecidos por una culpa inmediata.
Se pasó una mano por el pelo, arreglando el traje en un solo movimiento.
—Eres peligrosa —dijo recuperando su máscara de hielo mientras buscaba su chequera en el escritorio. —. Casi me haces olvidar quién eres y qué viniste a buscar.
Tomó su chequera y deslizó el bolígrafo sobre el papel.
Cuando me extendió el cheque, no lo hizo con amabilidad, sino con la punta de los dedos, como si temiera contagiarse de mi pobreza.
Mis ojos se posaron sobre esa cifra, mi corazón latía desbocado ante el insulto.
Si bien ese dinero representa mi libertad financiera también es el precio de mi dignidad.
—Tómalo. Es más de lo que ganarías en diez años sirviendo copas. Desaparece de la vida de mi yerno y olvida que existe.
Levanté la vista y me encontré con los ojos de Gael, en ese momento sentí una mezcla de deseo reprimido y un asco profundo.
Hice pedacitos el cheque y se lo tiré en la cara al todopoderoso señor Altamirano.
—Su dinero huele igual que su yerno, señor Altamirano; está podrido. Guarde sus limosnas para la joya de marido que le compró a su hija.
—¿Cómo se atreve? Usted es una arribista que quiere dársela de digna.
—No me conoce, además usted es el menos indicado para hablar de moral. Mirese —dije señalando su cremallera.
—Soy un hombre, ¿Qué esperabas? Un revolcón no se le niega a nadie, usted no es mi tipo, no acostumbro a acostarme con gordas.
—Al menos los kilos demás se rebajan, pero usted seguirá siendo un necio arrogante.
Me dí la vuelta para irme y él me detuvo, apretó mi mano y se negaba a soltarme.
Con la mano que me quedaba libre le di su buena cachetada y él me respondió con un beso.
Me estrechó contra su pecho y sentí su dureza contra mi cuerpo.
Me tomó por los hombros y me miró a los ojos.
—No abuses, no me gusta pegarle a las mujeres, pero la cara de un hombre se respeta.
—¿Me trata como a una prostituta y ahora me exige respeto?
Al parecer mis palabras lo hicieron entrar en razón. Me soltó la mano.
—Sal de aquí, prometo que te voy a destruir si amenazas la felicidad de Tamara.
Crucé esa puerta sin mirar hacia atrás. El ascensor estaba tardando mucho.
Tenía miedo de que él saliera y me llevara de nuevo a la habitación.
Ya nada me asombra, después del engaño de Adrián, mi confianza en los hombres es nula.
Lo que más me duele es todo el tiempo que le dedique a esa relación.
Estoy arrepentida de haber pensado en acostarme con el suegro de Adrián para sacarme la espina de la traición.
Era mucho para esa noche, un hombre me traicionó y otro intentó comprarme ¿Y qué decir de los insultos?
yo solo deseaba salir de ese lugar. me mataba la decepción y la vergüenza que sentía de mí misma.
Sí, me sentía asqueada, solo deseaba darme un baño y dormir lo suficiente.
Mis pensamientos me torturaban y las lágrimas no paraban de fluir. Uno de los porteros me detuvo en la entrada.
—Señorita Arya, usted viene conmigo.
—¡Quite sus manos de mí!
El trabajador de seguridad hizo caso omiso a mis palabras y me llevó a un salón apartado.
—¡Lo siento! El señor ordenó que no la dejara ir.
—¿Qué señor? No me diga que cambió de opinión, ese hombre es necio.
—Camine, señorita. No me haga usar la fuerza.
—¡Se lo suplico!, ayúdame a escapar.
—¿Y perder mi empleo? Si usted se metió con los Altamirano asuma su responsabilidad.
Lloré en silencio, ya era mucho ser traicionada y maltratada.
A este punto quería arrancarle la cabeza a Adrián. Quería hacerle pagar cada una de mis lágrimas.
Por su culpa me gané un enemigo, el señor Altamirano no se quedaría de brazos cruzados. Me harían pagar mi intromisión en el compromiso de su hija.
“¡Estoy destruida! Ya no tengo novio, ya no tengo empleo.”
—¡Adrián! ¡Maldito!
Cada segundo que paso allí me causa más angustia.
Soy claustrofobica y siento que me falta la respiración.
“Tengo que mantener la calma.”, respiro profundo.
Me acerqué a la puerta y giré la manilla.







