Arya .
—¿Cómo me dijiste?
La voz de Maximiliano sonó ronca, pero llena de una ilusión que se reflejaba en su mirada.
Era el mismo tono de voz de su padre que me erizaba la piel.
—Que no vayas.
—No. Lo otro.
El silencio se instaló entre los dos. Me acerqué un paso más, lo suficiente para oler su perfume.
—Mi amor… Eso dije. Pronto serás mi esposo y debemos guardar las apariencias.
Él soltó la risa, al parecer no le había gustado mucho lo que le dije.
Me tomó la barbilla y me miró a los ojos.
—¿