Volví a la habitación con el corazón en un puño, intentando no temblar, no derrumbarme otra vez. Cerré la puerta con cuidado y me apoyé contra ella, como si pudiera detener al monstruo que acechaba del otro lado solo con mi espalda. La imagen de Jessica, con mi rostro y mi voz, seguía quemándome la mente como un mal sueño del que no podía despertar.
Pero esto no era un sueño.
Era mi vida.
Mi cárcel.
Mis hijos aún jugaban en la sala, ajenos al horror que acababa de ver. No podía dejar que se ent