Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Leona
Miro la desesperación en el rostro de Valeria y luego la silueta de Ignacio cruzando el umbral de la tienda. El pánico me oprime el pecho, pero el llanto de mi compañera me frena en seco.
—Valeria, no puedo entrar ahí… —susurro, dando un paso atrás.
—¡Por favor! La encargada ya salió a recibirlo y la señorita Lombardo hizo un escándalo diciendo que solo tú conocías el encaje de su vestido. Si no vuelves, me van a echar hoy mismo.
Cierro los ojos, sintiendo cómo el destino me acorrala. Si huyo ahora, destruyo el trabajo de Valeria y tal vez, el de todas. Si entro, tendré que mirar a Ignacio a los ojos a menos de doce horas de haber destruido mi vida, sosteniendo la fachada perfecta mientras su prometida nos usa de espectadores.
Tomo aire, me libero suavemente del agarre de Valeria y me ajusto el uniforme.
—Límpiate las lágrimas —le digo con una voz que no parece mía—. Vamos a entrar. Pero tú te quedas a mi lado en la caja.
Cruzo la puerta trasera a pasos lentos. Cada metro de vuelta a la sala principal se siente como una condena. Cuando marco la esquina del pasillo, la escena me golpea de frente: Ignacio está de pie junto al sofá de terciopelo, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo la cintura de Clara. Ella le sonríe, ajustándole la solapa del saco.
—¡Ah, aquí está! —exclama Clara al verme aparecer, señalándome con tono dominante—. Mi amor, ella es la chica que me estaba asesorando. Te dije que tenía un gusto excelente —luego, clava su mirada sobre mí—. Él es mi novio, Ignacio Della Rovere. ¿No es guapo?
Los ojos de Ignacio se posan en mí.
Su mirada dominante se desmorona en una fracción de segundo. El tono de superioridad que usó anoche, la calma corporativa con la que pretendía liquidar tres años de mi vida desaparece por completo. La sorpresa y el desconcierto paralizan su rostro al verme llevar el uniforme de la boutique, de pie frente a él y a su futura esposa.
Sostengo su mirada sin pestañear, sintiendo cómo la última grieta de mi dolor se transforma en una armadura de hielo.
—Buenas tardes, señor Della Rovere —saludo con la reverencia exacta de una empleada a un cliente adinerado—. ¿Quiere que traigamos todos los vestidos así su novia se los prueba y usted decide cual le queda mejor?
Noto que Ignacio tensa la mandíbula y endurece su mirada. No sé si está molesto por la situación o por la frialdad con la que me dirijo hacía él.
¡¿Qué esperaba?! ¿Qué saltara a sus brazos o lo saludara con una gran sonrisa para delatarnos?
Luego mira a Clara con una dulzura y condescendencia que yo desconocía hasta hoy. Se ve que tiene miradas distintas según la ocasión y según la mujer que esté con él.
Me siento una reverenda estúpida. ¿Cómo pude llegar a pensar que yo era especial para él?
—Ignacio, mi amor, mira este escote —interviene Clara, pasándole una mano por el brazo y rompiendo el espeso silencio que se acaba de formar en la tienda—. ¿Verdad que la seda marfil le da un toque único? La señorita me aseguró que me quedaría perfecto.
Ignacio tarda un par de segundos en responder. No me quita los ojos de encima; busca desesperadamente en mi rostro una grieta, un atisbo de la Leona sometida y enamorada que anoche lloraba en el piso de su apartamento. Pero no le doy nada. Sostengo mi postura erguida, con las manos cruzadas al frente y la mirada profesional y distante de quien atiende a un desconocido.
—Si a ti te gusta, Clara, es perfecto —dice él por fin, con la voz un tono más baja de lo normal, sin desviar del todo su atención de mí.
—¿Lo ves? Te dije que te encantaría —sonríe Clara, triunfal, dándole un beso rápido en la mejilla—. Me llevaré este. Señorita, empaquételo, por favor.
—Llevaremos todos los vestidos que te gustaron —dice con tranquilidad, luego se dirige a mí y su tono se torna gélido y cortante—. Señorita, que empaqueten todo y lo carguen en el auto de mi novia.
Su novia. Parece que disfruta recordándome quien es ella y quien soy yo. Bien Ignacio, si así es como deseas hacerlo... agradezco que tu despiadado limite sea el que me ayude a olvidarte.







