Capítulo 6 No necesito nada

POV Ignacio

Han pasado varias horas desde el encuentro con Leona, pero no logro olvidar la mirada vacía, desprovista de toda emoción, con la que me sostuvo los ojos. Me repito que tal vez fue la conmoción de conocer a Clara lo que la llevó a actuar así; que todo está bien, que si hay algo que caracteriza a Leona es que resulta extremadamente profesional en su trabajo.

Sé cuánto le gusta trabajar en ese lugar. La conocí allí, hace más de tres años, cuando acompañé a mi hermana menor, Anna, a escoger un vestido para su fiesta de graduación.

Recuerdo con una precisión casi molesta la primera vez que la vi: llevaba el mismo uniforme negro de la boutique, pero en lugar de la frialdad helada de hoy, en sus ojos había una chispa cálida y apasionada. Atendió a Anna con una paciencia e instinto tan genuinos que terminó cautivando no solo a mi hermana, sino también a mí. Yo, un hombre acostumbrado a tratar con personas que solo buscan complacerme por mi apellido, encontré en la frescura e independencia de Leona algo fascinante.

Además, era dueña de una belleza que no pasaba ni pasa desapercibida para nadie.

Desde esa tarde, volver a Maison Valette o buscar pretextos para verla se convirtió en una obsesión. Convencerla de que aceptara salir conmigo no fue nada fácil; ella no era alguien a quien se pudiera impresionar con regalos costosos o promesas vacías.

—Señor Della Rovere —la voz de Marcos suena a través del altavoz del escritorio y me saca de golpe de mis recuerdos.

Pestañeo, acomodándome la corbata con un gesto mecánico.

—Dime, Marcos.

—El abogado me acaba de confirmar que todos los documentos para la transferencia del departamento y la cuenta bancaria de la señorita Ferrás están listos —informa con tono neutro—. Intenté comunicarme con ella para coordinar la hora de la firma, pero su teléfono da directamente a buzón de voz. ¿Quiere que envíe a alguien al apartamento esta noche?

Frunzo el ceño, mirando la hora en mi reloj de pulsera. Un cosquilleo de inquietud, sutil pero persistente, se me instala en el pecho. Leona nunca apaga el teléfono. Jamás.

—No —respondo con dureza, rechazando de inmediato la punzada de duda—. Debe de estar trabajando en la tienda o simplemente necesita asimilar las cosas. En una hora, ve tú mismo a su departamento. En teoría, tendría que estar allí.

—Como ordene, señor.

Corto la comunicación y me pongo de pie, acercándome al ventanal de mi oficina en el piso más alto del edificio corporativo. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse bajo el cielo de la tarde.

Trato de convencerme de que tengo el control de la situación, como siempre lo tengo en los negocios y en la vida. Tarde o temprano, Leona tendrá que digerir el impacto de ver a Clara, firmará los documentos y aceptará la vida cómoda que le estoy asegurando. Me repito que soy un hombre generoso, que le estoy dando una estabilidad que ella jamás habría alcanzado por sí sola.

Pero mientras contemplo la ciudad, la imagen de su mirada distante frente al mostrador de la boutique vuelve a cruzarse por mi mente. Por primera vez en tres años, una duda incómoda y helada empieza a colarse en mi pecho: ¿y si no se trata de un berrinche pasajero?

Niego con la cabeza y busco el móvil con la intención de llamarla, pero decido que lo mejor es dejar las cosas así. Si ella quiere ponerse en el papel de difícil, no le voy a dar el gusto de correr detrás.

Sí, es eso. Seguramente solo está tratando de llamar mi atención.

—¿Acaso no le ha quedado claro que terminamos? —digo en voz alta, golpeando la madera del escritorio—. ¿Que nada de lo que haga logrará hacer que yo vuelva?

Tomo las llaves de mi auto y salgo de la oficina.

—No te olvides de lo que te pedí. Tengo la cena de compromiso. No me llames a menos que sea una urgencia —le ordeno a Marcos antes de subir al ascensor.

Al llegar a la mansión familiar, todo refleja la fastuosidad del acontecimiento.

—Ya vienes tarde, Ignacio. Apenas tienes tiempo de cambiarte de ropa —me recrimina mi madre, Elena, apenas cruzo el recibidor—. Tanto Clara como los invitados están por llegar.

—Hubo contratiempos en la oficina, madre. Estaré listo en diez minutos —respondo, subiendo a toda prisa las escaleras hacia mis aposentos.

Mientras me ajusto las mancuernillas de plata frente al espejo, la imagen de Leona vistiendo el uniforme de la boutique vuelve a asaltarme. La forma en que me miró, como si yo no fuera más que un cliente cualquiera, me quema el orgullo. Estoy acostumbrado a mandar, a que las mujeres suspiren por mí y acepten mis reglas sin pestañear. Leona siempre fue tibia, complaciente, dispuesta a adaptarse a mis horarios y exigencias con tal de tener unas horas a mi lado.

«¿De verdad cree que puede jugar a la indiferente conmigo?», pienso con desdén, pasándome una mano por el cabello oscuro. Me convenzo de que, cuando mi asistente se presente en el departamento con las escrituras del inmueble y los papeles del auto, la realidad le dará un baño de humildad. Ninguna mujer en su sano juicio rechazaría una fortuna solo por orgullo.

El sonido de la música clásica filtrándose desde el gran salón anuncia la llegada de los primeros invitados. Tomo mi saco, me ajusto la solapa y bajo con la cabeza en alto, listo para asumir el papel que la sociedad exige de mí.

Apenas piso el salón principal, la risa de Clara capta mi atención. Luce deslumbrante con el vestido marfil que compró esa misma tarde, rodeada por los miembros más influyentes de la alta sociedad.

—¡Ignacio, mi amor! —exclama al verme, caminando hacia mí para entrelazar su brazo con el mío—. Llegaste justo a tiempo. Todos están maravillados con mi vestido.

Le ofrezco una sonrisa diplomática, la misma que uso para cerrar acuerdos millonarios, y la beso en la mejilla.

—Te ves hermosa, Clara. Como siempre.

Durante toda la velada, entre copas de champán, felicitaciones de empresarios y discursos sobre la alianza entre las familias Della Rovere y Lombardo, mantengo la compostura. Sin embargo, mi mente está en otra parte. Cada vez que miro la tela marfil del vestido de Clara, recuerdo las manos de Leona envolviéndolo con frialdad profesional.

De pronto, la vibración del teléfono en el bolsillo interior de mi saco interrumpe mis pensamientos. Lo saco de manera discreta. Es un mensaje de Marcos:

"Señor, disculpe la interrupción en su cena, pero la señorita Leona no ha llegado a su departamento. Logré hablar con la encargada de la boutique y me ha dicho que ella se fue antes de terminar su turno, dejando su renuncia definitiva en el casillero."

Me quedo paralizado con la pantalla encendida en la mano. La mandíbula se me tensa al punto de doler.

—¿Ocurre algo malo, cariño? —pregunta Clara, notando mi repentina rigidez.

Guardo el teléfono de inmediato y recupero el control de mi rostro, aunque por dentro la tormenta acaba de estallar.

—Nada de qué preocuparse, mi amor. Solo asuntos menores de la empresa —miento con voz firme, mientras la primera sospecha real de que he perdido a Leona para siempre empieza a destrozarme la calma.

Me disculpo con una leve inclinación de cabeza hacia la rueda de invitados y me aparto hacia el pasillo lateral que conduce a la biblioteca de la mansión, buscando privacidad. Apoyo la mano contra la pared y marco el número de mi asistente.

—Señor... —responde Marcos al primer tono.

—Tienes la llave, entra de inmediato al departamento —ordeno sin rodeos, con una voz que destila una furia contenida—. Quiero saber qué está tramando.

—Estoy en la puerta ahora mismo, señor. Deme un segundo.

A través del auricular escucho el chasquido del cerrojo al girar y el eco metálico de la puerta abriéndose. Los segundos de silencio que siguen se sienten interminables. El pulso me retumba en los oídos.

—Marcos, habla —exijo con impaciencia.

—Señor... el departamento está completamente vacío —informa, titubeando—. Quiero decir, los muebles están aquí, pero no hay nada personal. El armario está abierto: no hay ropa, ni zapatos, ni bolsos. En el baño no están sus productos. Y sobre la mesa de la entrada... hay algo.

—¿Qué hay? —pregunto, apretando el teléfono con tal fuerza que los nudillos se me ponen blancos.

—Está el juego de llaves del departamento, las del auto, la tarjeta de crédito que usted le asignó... y el contrato de confidencialidad sin firmar. Hay una nota doblada junto a los papeles.

Un sudor frío me recorre la nuca. La sensación de control absoluto que construí durante tres años acaba de colapsar en un solo instante.

—¿Qué dice la nota? —mi voz cae a un susurro peligroso.

Marcos aclara la garganta antes de leer en voz alta:

"Señor Della Rovere: No necesito su dinero, ni nada que venga de usted para reconstruir mi vida. Lo único que me llevo es lo que es mío. No vuelva a buscarme."

Corto la llamada de golpe sin decir una sola palabra más. Me quedo inmóvil en la penumbra de la biblioteca, mirando la pantalla oscura del teléfono. La soberbia con la que horas antes me aseguraba que le estaba "resolviendo la vida" se transforma en un vacío sofocante.

¿De verdad se ha ido? ¡No puede ser!

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