El camino hasta el arroyo parecía una invitación.
El sol jugaba al escondite entre las hojas, lanzando destellos dorados sobre el suelo. El aire olía a pasto aplastado y a agua corriente, ese aroma limpio que habita los lugares donde la naturaleza respira sin prisa. Lorenzo iba adelante, cargando la bolsa con toallas, protector solar, el flotador de Benjamin y una botella de agua. Colgada del hombro, llevaba una pequeña hamaca de tela para improvisar sombra.
Isabella caminaba unos pasos detrás,