ADRÍAN
Bianca yace inconsciente en la camilla, conectada a monitores que pitan con una regularidad que debería tranquilizarme, pero no lo hace. La veo tan pálida, tan frágil, que me cuesta aceptar que hace solo minutos estaba sentada a mi lado, sosteniéndome la mano mientras el mundo se desmoronaba.
Y fui yo quien lo empujó a ese borde.
Me paso una mano por el rostro y aprieto los ojos con fuerza. La imagen vuelve una y otra vez: el médico pronunciando esas palabras, Bianca desplomándose, el su