Esteban permaneció estático mientras escuchaba la voz alegre de Marina. No lo quería admitir, pero desde la cena de aniversario, no había vuelto a escuchar aquel tono de voz; era evidente que debía estársela pasando bien.
Por un lado, sentía que se le quitaba un peso de encima, pues en su mente aún fluctuaban las emociones de lo que había ocurrido hace unos cuantos días, pero, por otro, aquella mano masculina rosando la piel desnuda de su exmujer no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
—Ofeli