Renata había escuchado todas y cada una de las palabras que su padre había dicho. Ella no creía capaz a su padre de enviarlas, menos que su madre se lo permitiera.
La menor contaba con que su madre las amaba y jamás permitiría que las apartaran de su lado, pero, al ver el rostro lleno de seguridad de su padre, se dio cuenta de que tal vez, solo tal vez, en esta ocasión, ella podría estar equivocada.
Ante aquella idea, Renata no tuvo reparo y dijo:
—¡Todo es culpa de Diana! ¡Ella es quien provoc