Marina no podía creerlo. Desde la última vez que ella había hablado con su madre, esta no había vuelto a dirigirle la palabra; se había pasado los días cuidando de su maravillosa hija favorita y, ahora, solo la llamaba porque Esteban creyó correcto llamarla y decirle una sarta de cosas que no eran verdad.
Aquello le provocó náuseas. ¿Cómo su madre podía ponerse del lado del hombre que hacía tan solo unos meses había puesto su vida patas arriba?
—¡Madre! Si no sabes cómo están las cosas, preferir