Al día siguiente, cuando Marina abrió los ojos, la luz del sol ya se colaba por la ventana, la cual ya estaba abierta, y en la pequeña terraza ya se encontraba Efraín tomando café y trabajando. Aquella acción no pasó desapercibida, por lo que rápidamente tomó su móvil y miró la hora, llevándose la sorpresa de que eran las diez de la mañana.
Sin pensarlo más, Marina se envolvió en la sábana, se levantó y lo fue a ver.
—Ho… Hola… —dijo la joven mujer con timidez.
—¡Hola, cariño! —¡Qué bueno que