Elena
Ryder no esperó mi respuesta.
Justo cuando abrí la boca y mi mente buscaba desesperadamente algo —lo que fuera— que decir, se enderezó, se secó las manos con un paño y ladeó la cabeza hacia la ventana.
«El tiempo está perfecto hoy», dijo con naturalidad. «¿Te apetece dar una vuelta?»
El alivio me invadió tan rápido que casi me mareé.
Fue al soltar ese suspiro profundo de alivio cuando me di cuenta de lo tensa que había estado, como si mi pecho fuera a estallar de miedo.
«Sí», respondí de