Renata Armand no gritó cuando escuchó que podía tener un nieto de cinco años. Las mujeres como ella no gritaban. Ordenaban guerras en voz baja.
Isabela había llamado con la voz tensa, casi rota, aunque intentara envolverla en esa elegancia suya de siempre. Le dijo lo justo: que Damián había ido a su