88.
Al día siguiente de la cena, desperté con una sensación rara en el cuerpo. No era tristeza, tampoco arrepentimiento. Era más bien ese cansancio que queda después de haber sostenido la espalda recta demasiado tiempo, como si una parte de mí hubiera pasado la noche entera recordándose que no tenía que bajar la cabeza.
Mateo desayunaba cereal con Bruno sentado a su lado y Verdadero en la silla de enfrente, porque según él los dinosaurios de cartón también necesitaban “ver que todos comieran bien”.