Damián me llamó un jueves en la tarde, justo cuando yo estaba intentando convencer a Mateo de que los calcetines no eran enemigos personales. Mi hijo estaba sentado en el piso, con un pie descalzo y el otro medio vestido, explicándole a Verdadero que los calcetines “apretaban las ideas”. Yo tenía un vaso de jugo en una mano, el uniforme en la otra y la paciencia colgando de un hilo delgado.
—No puedo hablar mucho —dije al contestar—. Estoy en una negociación textil.
Damián guardó silencio un se