87.

Al día siguiente de la cita, desperté con una calma sospechosa.

No era felicidad completa, porque yo no era tan ingenua ni estaba tan dañada como para confundir un beso bonito con una vida arreglada. Pero sí había algo diferente. Algo menos apretado en el pecho. Como si la noche anterior no hubiera resuelto todo, pero hubiera movido una piedra que llevaba demasiado tiempo estorbando.

Mateo estaba sentado en la mesa, metiendo cereal en un vaso porque, según él, el plato “no entendía sus decision
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