—Hermano, déjame secarte el sudor—dijo Cristina, queriendo ayudarlo.
Andrés la detuvo, tomando la toalla de sus manos. —Lo haré yo mismo. Además, para estas cosas llama a la servidumbre la próxima vez. Tú deberías descansar más.
—Es que estoy muy aburrida y quiero hacer algo. Acabo de despertar y no quiero ser una inútil...—dijo Cristina con tristeza.
Andrés apretó los labios y dijo suavemente: —No eres inútil. Te irás adaptando poco a poco.
—¡Sí!— Asintió ella, acomodándose un mechón de pelo tr