Mundo ficciónIniciar sesiónAmber
—¿Qué está haciendo y porqué lo dices con tanta seguridad? —le pregunté a Michelle, sintiendo que un frío glacial me recorría la columna vertebral, más punzante que el aire acondicionado de la sala de visitas.
Ella se inclinó hacia mí. Susurró con una urgencia que en cualquier otro momento me habría parecido genuina, pero sus ojos permanecían fijos, calculadores, como los de una serpiente observando a su presa.
—Escuché hablar a Christopher por celular, Amber. Estaba contratando a alguien para que te diera "una lección" en cuanto entraras aquí. Por favor, cuídate mucho. No me gustaría que te pasara nada malo; aunque no lo creas, siempre te he tenido un cariño especial.
Se levantó con una elegancia insultante y salió de la sala, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y una frase que se me clavó en el pecho como una daga. Me quedé inmóvil, mirando el cristal.
Aunque siempre supe que Michelle era una hipócrita, las palabras de las reclusas durante la golpiza empezaron a martillear en mi cabeza: «Para eso nos pagaron». La duda que me carcomía se convirtió en una certeza amarga. Christopher no solo quería verme presa; quería verme muerta.
(***)
Un mes después…
Christopher
El día del juicio, el aire en la sala se sentía pesado, saturado de ese olor a papel viejo y formalismo que me revolvía el estómago. Me senté en la primera fila, con la espalda recta, tratando de ignorar la presencia de Amber.
Mis abogados habían hecho un trabajo impecable. Presentaron a dos antiguos empleados de Dylan Lugo que, con una frialdad que me dejó perplejo, declararon haber visto a Amber entregando documentos confidenciales.
Luego vinieron los correos electrónicos. Eran claros, precisos, enviados desde su ordenador personal. Vi a Amber intentar defenderse, sometiendo a los testigos a un careo intenso. Su voz temblaba al principio, pero luego se volvió firme.
Cuando llamaron a Dylan Lugo, sentí que la sangre me hervía. Él negó todo, por supuesto. Pero en cuanto el fiscal sacó a relucir sus sentimientos por ella, su testimonio se hundió. Ante los ojos del juez, Dylan no era un empresario honesto, sino un amante despechado tratando de proteger a su cómplice.
El golpe de gracia fue un estado de cuenta a nombre de Amber con un depósito de miles de dólares. Ella se quedó pálida, tartamudeando, incapaz de explicar de dónde había salido ese dinero, ¿como si no supiera? ¡Ja!
—Culpable de espionaje industrial —sentenció el juez—. Dos años de prisión.
Sentí una punzada de triunfo mezclada con un vacío inexplicable. Amber escuchó el veredicto sin inmutarse, con una rigidez que me sorprendió. Pero al levantarse para ser escoltada por los oficiales, sus ojos se clavaron en los míos. No había rastro de la mujer dulce que amé.
—Te prometo que esto no se quedará así —me espetó, y su voz vibraba con un odio tan puro que me hizo retroceder internamente—. Me vas a pagar cada lágrima y cada golpe, Christopher. Te lo juro por mi vida.
(***)
Dos meses después…
Amber
La cárcel de mujeres se convirtió en mi universo, un mundo de muros grises y reglas brutales. Pero no iba a dejar que me destruyeran otra vez. Comprendí que para sobrevivir necesitaba herramientas más poderosas que mis puños. Me puse en contacto con el área educativa; iba a terminar mi carrera de Derecho allí dentro, entre rejas.
Me inscribí en cada unidad productiva disponible y retomé mi entrenamiento en karate. Pasé meses de disciplina feroz hasta alcanzar el cinturón negro. Mi carácter se endureció como el acero.
Aprendí a disimular mis emociones, a esconder el dolor tras una máscara de indiferencia y a transformar mi miedo en una estrategia de guerra fría. Cada libro de leyes que leía era un arma que afilaba para el futuro.
(***)
Christopher
En la soledad de mi penthouse, la paz se convirtió en un lujo que ya no podía costear. Habían pasado dos meses desde la condena y la mirada de Amber me perseguía en cada trago de whisky.
«¿De quién sería el bebé que perdió?», me preguntaba una y otra vez mientras miraba las luces de la ciudad. Recordaba nuestra última noche, la forma en que se entregó a mí. Sabía que no nos habíamos cuidado.
La posibilidad de haber destruido a mi propio hijo me llenaba de una amargura insoportable, pero mi orgullo siempre encontraba una salida: «Si fuera mío, me lo habría dicho. Se quedó callada porque ni ella sabía quién era el padre», reflexioné.
Con esa rabia ciega, decidí borrar cualquier rastro de ella. Ordené a mis abogados recuperar el inmueble que alguna vez pensé regalarle. El desalojo de su madre fue inmediato. Las cosas de ellas, quedaron amontonadas en la acera, fue mi forma de decirle que no quedaba nada de nosotros.
Su amiga Génesis se hizo cargo de ella y de todas sus cosas personales. Desde mi camioneta pude observar el proceso de desalojo y cómo la madre de Amber fue llevada con urgencia a un hospital, sin importarme para nada lo que le sucediera.
(***)
En la cárcel, un tiempo después…
Amber
Pasaron dieciocho meses. Recibí mi título de abogada en una ceremonia austera dentro del penal. Fue el día más agridulce de mi vida. Le entregué el diploma a Brenda, la directora de la cárcel, quien se había convertido en mi única aliada.
—Guárdelo, por favor —le pedí con la voz firme—. Este papel es la llave que abrirá las puertas del infierno para quienes me traicionaron.
Gracias a mi conducta y a mi labor ayudando a otras reclusas con sus casos legales, logré una reducción de pena. Una mañana, Brenda me llamó a su oficina con una sonrisa que no le había visto antes. Me entregó un sobre.
Al leer la orden de libertad inmediata, mis piernas cedieron. Caí de rodillas en aquel suelo de baldosas gastadas, llevando mis manos hacia el techo.
—¡Dios mío, gracias! ¡Me escuchaste! ¡Un milagro! ¡Por fin soy libre! —el corazón me latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho.
—Es mérito tuyo, Amber —dijo Brenda ayudándome a levantar—. Haz justicia por las que no tienen voz, como tú hace año y medio.
—Lo haré —le aseguré, tomando mi boleta de libertad con una fuerza renovada—. Pero primero, tengo una deuda pendiente que cobrar.
Salí de la prisión y el sol de Santiago de León me cegó por un instante. Respiré el aire de la libertad, pero no sentía paz. Sentía hambre. Un hambre voraz de recuperar mi vida y de destruir, piedra por piedra, el imperio de Christopher Morillo…







