Mundo ficciónIniciar sesiónEn Santiago de León
Christopher, al ver a Amber desmayada sobre el volante, sintió que el pánico lo asfixiaba. En lugar de auxiliarla, hundió el pie en el acelerador de su Ferrari y huyó del lugar, perdiéndose en la distancia mientras abandonaba a la mujer a su suerte.
Por el contrario, los tripulantes de la camioneta, asombrados y movidos por la urgencia, la trasladaron al hospital más cercano. En este el personal médico se hizo cargo de ella, dejándola bajo estricta observación.
Una semana después...
Joshua preocupado por su amigo decidió presentarse sin previo aviso en el apartamento de él. Al cruzar el umbral, se topó con una escena desoladora: el lugar era un caos absoluto de botellas y papeles.
En medio de aquel desorden, encontró a su amigo demacrado, con el rostro hundido y un semblante que gritaba derrota. El desastre era total: sobre el piso, las alfombras y las mesas, se acumulaba el rastro de su caída.
Christopher parecía haberse dedicado a agotar hasta la última reserva de alcohol que poseía en el inmueble, rodeado de restos de comida chatarra que confirmaban su absoluto abandono.
—¿Qué estás haciendo con tu vida, amigo? —reprochó Joshua—. No puedes hundirte en este abandono solo porque una mujer te falló. Mujeres es lo que te sobra, Christopher; así que levántate ahora mismo, vamos a salir.
—No quiero salir a ninguna parte —declaró Christopher con un tono agrio, dejándose caer pesadamente de nuevo en el sofá.
—No te estoy pidiendo permiso, te estoy avisando que nos vamos —insistió Joshua, cuya paciencia empezaba a agotarse. Se acercó y lo obligó a ponerse en pie—. ¿Vas a darle el gusto a Amber de que te vea así, destruido y derrotado? ¿Eso es lo que quieres?
—¡Ya te dije que no! —gruñó Christopher, zafándose del agarre de su amigo con un arranque de ira—. No voy a salir a la calle para ser el hazmerreír de todo el mundo.
—¿Y quién demonios sabe lo que pasó realmente en ese hotel? —cuestionó Joshua, cruzándose de brazos y tratando de hacerlo entrar en razón.
—¡Ni idea! Y la verdad, me importa un bledo —sentenció Christopher, tratando de ocultar la humillación que le quemaba por dentro.
Joshua, ignorando por completo la renuencia de su amigo, lo arrastró con firmeza hasta la ducha de su propia habitación. Sin ceremonias, abrió la llave dejando que el agua fría golpeara el cuerpo de su amigo, quien al parecer llevaba varios días sumido en el abandono físico.
Mientras, Chris se recuperaba bajo el chorro, él buscó ropa limpia. Luego, llamó al conserje para coordinar una limpieza al apartamento. No podía permitir que regresara a aquel escenario de derrota. Una vez listos, salieron del edificio buscando el aire fresco de la calle.
Lo condujo a aquel restaurante que siempre había sido su punto de encuentro favorito. Entre los platos preferidos de ambos y una conversación que pasó del reproche a la camaradería, Joshua logró lo impensable: convencerlo de abandonar la ciudad por al menos una semana.
—Te haré caso —aceptó finalmente. Empezó a comprender que no podía tirar su prestigio y su vida por la borda por un traspié, por muy doloroso que fuera.
—¡Me alegro! Ese es el hombre que conozco: el que se cae, se sacude el polvo y se levanta de inmediato —lo felicitó su amigo con sinceridad.
—Lo intentaré. Pero por ahora, no quiero dar explicaciones a nadie. Necesito silencio —aseguró con voz sombría.
—Me parece genial —felicitó su amigo.
(***)
Al día siguiente, Christopher partió hacia un destino desconocido, sin dar explicaciones sobre la ruptura de su compromiso. Su única instrucción fue para el director de Relaciones Públicas: anunciar la cancelación inmediata de su boda. Necesitaba que el mundo dejara de preguntar.
(***)
Una semana después, regresó. Aunque se veía un poco más calmado, el golpe seguía latente; no permitía que nadie mencionara el nombre de su exnovia. Decidido a ahogar sus penas en el trabajo en lugar del alcohol, se incorporó a su oficina, donde lo esperaba Michelle Fontaine, hija de su socio y responsable de las licitaciones.
—¡Tenemos problemas graves! —anunció ella, fingiendo asombro al ver el semblante aún demacrado de Chris—. ¡Perdimos las tres licitaciones! —exclamó dramáticamente, siguiéndolo hasta su escritorio con una agitación calculada.
—¿Cómo es posible? —preguntó con una mirada gélida—. Se supone que pagué lo necesario para asegurar esos contratos.
—Al parecer, alguien nos traicionó —aseguró Michelle—. Filtraron información confidencial a la competencia, específicamente a la empresa de Dylan. Perdimos por una cifra irrisoria. Por casi nada.
—¡Eso es inaceptable, Michelle! Esa es tu responsabilidad directa —estalló él, golpeando el escritorio con una agresividad que hizo vibrar los documentos—. ¡Tú vas a responderme por estos resultados!
—¡Si de responsabilidades hablamos... tu "noviecita" también manejaba esa información! —se defendió ella, rodando los ojos con desdén—. Tengo mis sospechas, pero espero que mi padre me confirme un detalle antes de asegurar algo.
Christopher cerró los ojos, sintiendo un nudo en la garganta. El recuerdo de lo ocurrido hace dos semanas en el Hotel Rosal volvió a su mente como una ráfaga helada.
«¿Amber fue capaz de esto también? Ella conocía los montos... ¿se atrevió a vender nuestra estrategia para favorecer a su amante?» se cuestionó con una rabia apenas contenida.
Abrió los ojos y, mirando a Michelle con un desdén que ocultaba su propio dolor, dio una orden tajante:
—Convoca una reunión urgente con el equipo legal. Es necesario tomar medidas drásticas.
Michelle salió del despacho con una sonrisa que apenas lograba disimular y un brillo extraño en su mirada. Era un brillo de triunfo. Esa misma noche, llamó a Christopher para confirmarle la peor de sus sospechas.
Según las investigaciones de su padre, quien había entregado la información a Dylan no era otra que Amber. Él guardó un silencio sepulcral. Tras unos segundos que parecieron eternos, agradeció la información y colgó.
Michelle, al otro lado de la línea, sonrió satisfecha; pieza por pieza, estaba demoliendo el altar donde Christopher había tenido a Amber. Logró sustituir esto por un odio que no conocería perdón.
(***)
Al día siguiente…
Siendo las once de la mañana, Christopher, Michelle y su padre se reunieron con los abogados. Ellos tipificaron esto como un delito de acción privada, por lo que recomendaron al CEO proceder de una vez con la denuncia.
(***)
A medida que Amber se recuperaba de las secuelas del accidente provocado por Christopher, llegó el día de recibir el alta médica. Su madre, quien no se había apartado de su lado ni un segundo, guardaba un mar de dudas, alimentado principalmente por la ausencia total del prometido de su hija.
—Hija, tengo que preguntarte... ¿te peleaste con Christopher? —cuestionó con cautela—. Me resulta inexplicable que no haya venido ni un solo día a verte. Intenté contactarlo por celular, le dejé varios mensajes y no devolvió ni una sola llamada. No sé siquiera si está enterado de lo que te pasó.
—¡Mamá! —exclamó Amber—. Yo no me peleé con él... ¡yo estaba huyendo de él! El accidente no fue un azar. Él lo provocó —confesó, rompiendo en un llanto incontrolable mientras se refugiaba en el cuello de su madre.
—¡Hija! ¡No puede ser! ¿De qué estás hablando? —exclamó su madre, totalmente desconcertada—. Christopher no es un hombre malo; es un ser extraordinario. Te ama, me consta...
—Yo... yo todavía no termino de entender qué fue lo que pasó —respondió Amber con la voz apagada, como si le faltara el aire.
—¿Pero por qué huías de él? —insistió su madre, urgida por desentrañar la verdad de aquella pesadilla.
Fue entonces cuando ella, entre sollozos, le relató cada detalle: desde los celos infundados hasta la violencia desatada en El Rosal. Recordó con horror cómo la trató, los golpes que le propinó tanto a ella como a Dylan, y la imagen desfigurada de este último tras la paliza.
El dolor físico del accidente no era nada comparado con el sufrimiento de saber que el hombre que juraba amarla había dudado de su integridad de una forma tan cruel. Mientras hablaba, recordó que no sabía nada de Dylan, y el peso de esa culpa empezaba a ser insoportable.
(***)
Mientras, Amber intentaba sanar sus heridas físicas y emocionales, en las sombras se tejía una red de mentiras diseñada para aniquilarla. Michelle Fontaine y su padre no perdieron el tiempo.
Estos contactaron a dos exempleados de Dylan Lugo. Les sobornaron para que declararan ante las autoridades, que Amber había sido quién filtró la información estratégica de las licitaciones.
Pero su ambición no se detuvo ahí. Valiéndose de sus oscuras influencias y de una vieja amistad con un juez y un fiscal de turno, logró presionar a los abogados de la empresa para que aceleraran el proceso penal. No buscaban justicia, buscaban una ejecución civil.
El destino fue cruelmente preciso. El mismo día en que Amber cruzaba el umbral del hospital, recuperando su salud física, se libraba una orden de captura en su contra por espionaje industrial y fraude.
Sin que ella lo sospechara, los funcionarios de justicia ya estaban en camino hacia su lugar de habitación. La paz que acababa de encontrar junto a su madre estaba a punto de hacerse añicos bajo el peso de unas esposas y una traición que ella ni siquiera alcanzaba a imaginar.
(***)
Habiendo llegado temprano al apartamento, después de abandonar el hospital, sonó el timbre. La madre de Amber caminó hasta la puerta para abrir, llevándose una desagradable sorpresa.
—Buenas tardes ¿Aquí vive la señorita Amber Tovar Marín? —Preguntó uno de los funcionarios, identificándose como tal.
—¡Sí, soy yo! —Respondió ella, con voz débil, detrás de su madre.
—¡Está usted bajo arresto! Por los delitos de revelación de secreto empresarial, enriquecimiento ilícito y delitos informáticos, en perjuicios de la empresa Constructora e Inmobiliaria Internacional Morillo & Wood.
A propósito de esto, mientras el funcionario hablaba, Amber fue perdiendo las fuerzas y se desplomó en el suelo, desmayándose. Por lo tanto, los funcionarios la socorrieron junto con su madre. Ellos, la levantaron y le acostaron sobre el sofá.
Estos pensaron que era teatro de la joven. No obstante, al hacerla reaccionar, ella no habló, puesto que no podía creer lo que estaba ocurriendo. Christopher, no se conformó con golpear y difamar, sino que ahora también la estaba involucrando en un delito.
Ella no protestó, aparte de que no tenía las suficientes fuerzas para hacerlo, pues no valía la pena. Los funcionarios la esposaron y se la llevaron.
—¡Noooo! ¡Hija, no! —Gritó su madre, cuando la montaron en la patrulla.
Inicialmente, ella fue trasladada a la delegación policial, donde le identificaron y reseñaron, para luego, ser enviada al retén policial. Todo esto, mientras se llevaba a cabo el juicio en su contra…







