Mundo ficciónIniciar sesiónEric levantó una ceja ante el inesperado despliegue de coraje de su novia. La rabia lo consumió cuando la vio vestida como un muchacho más.
Las cuatro regiones sabían que su padre era un despiadado, pero nunca imaginó que el patán la avergonzaría, mandándola a conocer a su nuevo alfa y marido, vestida como un marimacho.
La miró cómodamente, oculto tras sus gafas negras, agradecido de que ella no pudiera ver del todo su mirada. Sin duda, ella había pensado que él encontraba defectos en ella en lugar de suponer que era la patente indiferencia de su padre lo que provocaba su ira.
Sí, el mentón alzado y la mirada desafiante le complacieron. La muchacha no era dócil. La mayoría de las jóvenes de noble cuna y adiestradas para Luna, hubieran agachado la cabeza ante él. Pero ella se había enfrentado a su escrutinio con una muestra de valor y espíritu.
Lentamente, el ceño de Eric se suavizó y para su asombro, las comisuras de su boca comenzaron a esbozar una rara sonrisa.
Sin embargo, se detuvo, apretando los labios antes de que la sonrisa pudiera formarse.
Él no tomaría a la joven como compañera para darle afecto, aunque debía enamorarla…
Sólo la quería para que pusiera fin a su tormento. Su carácter poco importaba más allá de su aptitud para ser la nueva Luna del Norte y la Reyna de las Cuatro Regiones.
No obstante, le complacía ver el temple en su sangre y lo necesitaría para ser su consorte.
Ignorando las miradas de los que suponía eran sus hermanos y su dama de compañía, Eric avanzó hacia delante y se detuvo a pocos centímetros de ella.
—Espero que no estés exhausta para continuar con el viaje —dijo con la voz profunda.
—¿No deberías presentarle tus respetos primero? —Ivar, el tercer hermano, lo desafió.
Los otros dos hermanos, que suponía eran Astrid y Karl, se hicieron eco del sentimiento del más pequeño, pero el coraje de todos vaciló, cuando en lugar de contestar a aquel reproche, él les barrió con una oscura mirada.
Sin embargo, su prometida, Ava según le mencionaron, mantenía los hombros echados hacia atrás y la barbilla alzada, aparentemente disgustada por su falta de cortesía.
—Soy Ava Karlsen —elevó un poco más la barbilla—. ¿No se presentará como es debido?
—Deberíamos irnos de aquí si no estás demasiado fatigada —insistió él, ante la audacia de la muchacha de no reconocerlo como su futuro alfa.
—Yo no estoy cansada, Sir Ragnarsson, soy una guerrera, una alfa, igual que usted… —añadió con la provocación impregnada en su voz.
«Ella es impresionante», musitó en su cabeza Magnús, su lobo. «Me gusta», añadió para el bufido de Eric.
«No puedo sentir el vínculo de pareja, ¿tú puedes?», le preguntó a su lobo.
«Necesitamos que rompa el hechizo para sentirlo, pero su olor me agrada mucho».
«¿Entonces?»
«Mantengámosla cerca, estoy seguro que pronto lo descubriremos», dijo Magnús y Eric suspiró resignado.
«Alarik », llamó a su segundo al mando por el enlace mental.
El hombre rubio, hermoso, aunque intimidante y enorme, se acercó con un semblante serio, apareciendo de entre los guerreros.
—Alfa —se dirigió a Eric.
—Has que uno de los hombres lleven el equipaje de las damas; tengo prisa —pidió Eric.
—No traigo equipaje más que mi vestido de novia —contestó con aplomo su prometida, sosteniéndole la mirada incrédula.
Eric juró una blasfemia en silencio y solo se acercó hasta la muchacha, extendió su mano que ella, sin titubear tomó, aunque había tiritado un poco ante su contacto.
Un gran rugido de protesta surgió entre sus hermanos, la voz de Astrid sonaba un poco más alta que la de los demás.
—Espero que trates con el debido respeto a mi hermana, Ragnarsson, porque de lo contrario, no me importará recordar tu status ni que eres el monarca de las cuatro regiones —advirtió.
—Refrena tu temperamento, todavía no eres alfa, y no olvides que esta es una reunión amistosa.
—Esperamos ver a mi hermana a salvo en tu castillo, y pretendemos asistir a la boda.
—¿Crees que no puedo proteger a tu hermana?
—Con el debido respeto, Ava no necesita de la protección de nadie, pero por si acaso, solo te advierto.
Eric sonrió.
—Serás un buen alfa en el futuro, muchacho, pero dile a tu padre que no hace falta su presencia en mi boda, mas si tú y tus hermanos desean venir, serán bienvenidos. La ceremonia será en dos semanas, con la Luna azul.
—Pero…
—Astrid —suplicó Ava con la mirada—. Ambos sabemos que será mejor si padre no se presenta. No lo quiero en mi boda —fue tajante.
Astrid solo afirmó con la cabeza.
—No olvides lo que conversamos, pequeña.
—Por supuesto. —Ava quiso abrazar a sus hermanos, pero sabía que los sentimentalismos la harían parecer débil delante de su nueva manada. Solo sonrió, los recorrió con sus ojos verdes y musitó un suave Adiós.
Shondra los siguió y Eric arrugó el ceño.
—Es mi nana, como una madre para mí y vendrá conmigo. No voy a ningún sitio sin ella.
Eric hizo un gesto a un joven que guió a la mujer hacia uno de los vehículos. Ava la quiso seguir, pero Eric presionó el agarre de su mano.
—Tú vendrás conmigo, ella estará bien.
Ava lo siguió, no tuvo opción pues su prometido la sostenía fuertemente, incluso dentro de la parte trasera de la todoterreno en la que ambos iban uno al lado del otro. Su fuerte agarre y su poderosa presencia, hacía que su cuerpo ardiera. Miró su mano, pero él pareció no inmutarse.
Por su parte, Eric exudaba un perverso frío que iba directamente a su corazón. Era un frío profundo, más cortante que el más sombrío viento invernal. Ni siquiera manteniendo cerca a la mujer que se suponía podía romper el hechizo sobre su corazón, podía sentir un mínimo de calor.
«Al parecer, Alistor se ha equivocado con ella», le habló a su lobo que solo gruñó.
«Estás muy impaciente», contestó Magnús.
«Si ella no puede romper el hechizo…»
«¡No!», rugió su lobo. «La quiero cerca. Mía, hasta que diga lo contrario».
Eric volteó su mirada y la vio dormida.
¿Había pasado tanto tiempo perdido en sus pensamientos?
Un estremecimiento sacudió la camioneta, e inmediatamente, su mano apretó más fuerte su agarre, acercándola hacia él. Para su sorpresa, el gesto, ya fuera para protegerla o hecho por puro instinto, lo sorprendió a él mismo. Ni siquiera se había percatado de que no la había soltado.
La chica no se inmutó, en cambio se acomodó y enrolló su brazo libre al suyo y recostó su cabeza en su hombro, caldeándolo y haciendo que su vientre se ablandara y temblara.
Entonces, comenzó a sentir calor.
A pesar del frío en su pecho, todo lo demás le ardió.
Confundido, suspiró y se permitió también descansar, recostando su cabeza hacia atrás.
Después de todo, ella sería su Luna y, aunque sus relaciones eran de un interés distinto al romántico, en algún momento deberían engendrar a un heredero.
Nadie podía culparlo si se relajaba sosteniendo a quien sería su mujer, mientras trataba de entender las extrañas sensaciones que se agitaban en su interior en ese momento.







