Mundo ficciónIniciar sesiónVarias horas después, Ava se despertó recostada en el asiento de un avión de lujo. Alguien la había arropado en una manta de tibia lana sin que siquiera se percatara.
Reprendió a Inga, porque no tenía dudas de que había sido cosa suya.
«¿Por qué lo hiciste, Inga?».
«Me gusta su olor, y estaba segura que te habrías espantado si despertabas y te percatabas de lo que hacías», Inga ronroneó, juguetona.
«¿Qué hiciste?».
«No fui yo, fuiste tú, pero me gustó y decidí que quería permanecer de ese modo por mucho tiempo».
«Inga, no lo vuelvas a hacer».
Su loba calló, dejando en claro que poco le importaba su orden.
Levantó la cabeza, giró la mirada y se encontró con una considerable cantidad de guerreros en las filas de atrás; seguramente, el primer anillo de oficiales que servían al rey.
Shondra estaba a su lado, durmiendo como si no estuvieran dirigiéndose a la boca del lobo. Sonrió en sus adentros por su absurdo pensamiento y su forma de comparar el inminente peligro al cual se adentraría a partir de ese día. Aparentemente, la persuasible amabilidad del que probablemente fuera el beta de su novio, con quien había viajado, la había hecho pensar que podía dormir tranquila entre todos esos guerrero, mas ella no estaba ni un poquito calmada y no le importaba cuanto fueran amables con ella.
De repente, el avión sufrió una turbulencia y se sacudió inesperadamente. Cuando volvieron a la normalidad, escuchó una maldición.
—¡Demonios! —Era Ragnarsson quien se puso de pie y se pasó la camiseta por la cabeza, quedándose desnudo de la cintura para arriba—. Tráiganme una camiseta seca —la voz de su prometido, profunda y masculina, le llegó desde el fondo, mientras le pedía a uno de los aeromozos otra prenda.
Permaneció tiesa, observando a su futuro marido que se sacudió el pelo, revelando una melena de un brillante cabello oscuro.
Gracias a la Diosa que estaba de espaldas a ella, porque había comenzado a temblar.
Mientras ella miraba, con ambas manos él se pasó los dedos por el pelo negro que caía en gruesas y brillantes ondas hasta sus hombros.
Ava tragó con dificultad, incómodamente consciente de que su vientre se calentaba de nuevo.
Con el pelo tan oscuro como el pecado, y brillante como el ala de un cuervo, Ava creía que los rumores sobre que había sido procreado por el diablo podrían ser ciertos, pues era sabido que la belleza y la maldad a menudo andaban de la mano.
Cuando de repente se volteó y sus ojos se encontraron, su respiración salió en un audible jadeo, y temió que su corazón dejara de latir. La visión de su amplio pecho, la cautivó tan completamente como si un brujo hubiera lanzado un hechizo sobre ella.
La parpadeante luz tenue por la turbulencia, jugaba sobre sus músculos bien definidos que se tensaban con cada movimiento que él hacía. Ni siquiera la temible constitución de Astrid, su hermano mayor, podía compararse con la de Eric Ragnarsson.
Su corazón volvió a la vida, subiéndosele a la garganta mientras él tomaba la prenda que le tendió el aeromozo y se la volvía a pasar por la cabeza sin dejar de mirarla.
Ante el arqueo de una de las pobladas cejas de su futuro marido, recobró un poco la compostura y volteó la cabeza, sentándose de nuevo en su sitio.
Ava se mojó los labios y tragó, esperando aliviar la repentina sequedad de su boca.
Había visto a cada uno de sus tres hermanos y a un buen número de guerreros con los que entrenaba sin ropa, pero ninguno de ellos le había parecido tan intimidante como el hombre diabólico que permanecía al otro lado del avión.
Ni tan guapo.
Ragnarsson podría pasar por un dios idólatra con esa magnifica figura, y la idea de aparearse con semejante hombre la llenó de más inquietud que si le hubieran ordenado reducir a un ejército entero de lobos renegados.
No le dio nada más que una rápida mirada y fue suficiente para aterrorizarla hasta la médula, devolviéndole un recuerdo de sus tantas visiones, que había reprimido por un largo tiempo.
Con horrible claridad, se dio cuenta de por qué se le había erizado la piel al oír que llamaban a su prometido el Rovdyret, y rogaba a la Diosa que protegiera su alma indefectiblemente condenada: había sido vendida al hombre que aparecía en las visiones más espantosas que había tenido en su infancia, al lobo sin corazón.
Entrecerró los ojos largo tiempo, recordando algunos de los trazos más perturbadores.
Tragó grueso y, de repente, sintió una presencia amenazante cerca de ella. Por instinto, tomó la daga encondida en su bota y abrió los párpados, mientras blandía el puñal en contra de su atacante que le detuvo a tiempo de la muñeca, antes de que lo degollara.
Contuvo un grito, cuando se encontró con los ojos negros de su prometido y la imagen fue casi más aterradora que sus visiones.
Eric estaba cerniendo su cuerpo sobre ella, frunciendo sus gruesas cejas y sosteniendo su muñeca. El pulso de Ava se aceleró, y una inesperada sensación de excitación se disparó sobre ella cuando percibió la tibieza del musculoso cuerpo tan cerca del suyo.
—Por la Diosa, estuviste a punto de cortarme el cuello… —masculló con su aliento fuerte y rápido, y sus ásperas palabras, rompiendo el trance en el que Ava se había sumergido al evocar sus visiones—. Estás pálida, como si hubieras visto un fantasma… solo quería corroborar de que estuvieras bien. Te soltaré, pero no intentes nada o no respondo.
Ava tragó con fuerza, mientras él soltaba su muñeca y ella regresaba su daga a su sitio. Despacio, aclaró su mente y sintió que los retazos de sus recuerdos se alejaban.
Sin embargo, esas nuevas y extrañas sensaciones que ese hombre le hacía sentir, aumentaron y un agradable dolor se inició profundamente dentro de ella, centrándose en la parte baja de su abdomen.
Entonces, esa parte suya empezó a contraerse y ella lo supo: lo que ella sentía era deseo.
Su primer sentimiento de deseo carnal, se encendía por un engendro del diablo.
La rabia creció dentro de ella, seguida por una especulación espantosa: ¿podría ser que él sintiera las mismas sensaciones de ardor que había despertado en ella?
Su mirada fija voló a su cara, y ella lo vio.
Todavía la veía con el ceño fruncido, pero la mirada en sus ojos revelaba lujuria.
Entonces, la voz potente de su loba resonó en su cabeza:
«COMPAÑERO».







