Bianca
Nicola, Valentina y Shadow ya se habían ido, dejándonos a Lorenzo y a mí en la cabaña que de repente parecía demasiado grande y vacía.
Me senté en una de las sillas junto a la ventana, abrazando mis rodillas mientras miraba hacia afuera.
Mi mente vagaba lejos de aquí, atrapada en los recuerdos de mi padre; la sangre brotando de su cabeza, de las manos de Alessandro sobre su arma. La furia y la tristeza me invadían, pero entre esos sentimientos surgía algo más: una determinación que nunca