Sea cual sea el motivo, allí estaba yo otra vez, frente a la casa de Damian Moretti.
El aire traía un ligero olor a hierba recién cortada, penetrante y limpio, en contraste con la pesada sensación de temor que siempre se acumulaba en mi pecho cada vez que atravesaba esas rejas. Me preparé para lo de siempre: su mirada tormentosa, su tono cortante, la forma en que lograba hacer que cada palabra pareciera una prueba que estaba destinada a suspender.
Pero cuando abrió la puerta y se hizo a un lado