Me quedé frente a la casa de Damian otra vez, con los dedos agarrando la correa de mi bolso tan fuerte que me dolían los nudillos.
La tarde estaba tranquila, demasiado tranquila. Incluso el viento que solía jugar con las hojas parecía contener la respiración. Los altos ventanales de su casa reflejaban el pálido cielo, haciéndolo ver frío, distante, inalcanzable.
Durante un largo momento, solo me quedé ahí, mirando la puerta, la duda apretando más fuerte con cada segundo que pasaba. ¿Y si no que