El comedor zumbaba con el ruido habitual del mediodía: charlas, bandejas que chocaban y el eco lejano de risas. El aire olía ligeramente a café y papas fritas recocidas, pero era reconfortante de algún modo, familiar. Estaba sentada frente a Taylor, mi bandeja del almuerzo intacta, mis dedos trazando el borde de mi taza distraídamente mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas.
Él estaba a la mitad de su sándwich, una pierna rebotando suavemente debajo de la mesa, su señal habitual de