El almuerzo era algo que siempre esperaba con ilusión, era en el almuerzo cuando podía darle a Damian mis galletas caseras y verlo sonreír. La cafetería era un campo de batalla de ruido y risas, mesas llenas de personas que siempre parecían saber dónde pertenecían.
Pero hoy era diferente.
Taylor sugirió que nos sentáramos en una mesa. Dudé medio segundo, luego acepté. Y por una vez, no se sintió incómodo.
El ambiente no era pesado. En cambio, Taylor hacía bromas sobre la “carne misteriosa” que