El día siguiente llegó con la misma pesadez presionando contra mi pecho.
No sabía por qué había venido. Tal vez era deber. Tal vez orgullo. Tal vez porque, una vez que aceptaba algo, no soportaba la idea de echarme atrás. Fuera lo que fuera, ahí estaba de nuevo, de pie frente a las rejas de hierro forjado que enmarcaban la casa de Damian Moretti como una advertencia.
El lugar parecía más imponente que ayer, aunque nada había cambiado. Los setos seguían curvados en una simetría perfecta, las ven