Esperé.
El silencio en la habitación de Damian era más pesado que el aire mismo, oprimiéndome hasta que sentía que mi pecho no podía alzarse lo suficiente para respirar. Los libros permanecían intactos sobre el escritorio, mis apuntes ordenados sobre la página, pero mi bolígrafo llevaba rato inmóvil. Cada tic del reloj en la pared raspaba mis oídos, cada segundo se estiraba hasta volverse insoportable.
Veinte minutos.
Eso fue lo que me quedé, diciéndome que volvería. Que atravesaría la puerta c