La palabra salió de mi boca como si no me perteneciera.
—¿Papá?
La figura se movió, dando un pequeño paso hacia la luz apagada que caía desde la farola zumbante. Su rostro fue tomando forma poco a poco, como una pesadilla que se vuelve más nítida cuanto más la miras. Por un momento, mi corazón se encogió, no por alegría ni alivio, sino por algo más oscuro, más pesado.
Se veía… destrozado.
Su cabello estaba largo, cayendo en mechones desordenados sobre sus orejas, sucio. Su ropa estaba arrugada,