No perdí el tiempo en cuanto Damian se dejó caer en la silla, su habitual expresión tormentosa desafiándome a presionar demasiado. Por un segundo, casi cedí al impulso de levantar las manos y marcharme. Pero no. Ya me había prometido que no iba a dejar que él dictara cómo iba esto.
Así que fijé la mirada en él y pregunté, con tono firme:
—¿En qué materia eres más débil?
No respondió.
El silencio se alargó, denso e intencional. Sabía que lo hacía porque pensaba que ignorarme me haría irme primer