Me desperté con la luz filtrándose suavemente a través de mis cortinas, de esa clase que te hace pensar que el día va a ser bueno antes incluso de levantarte de la cama. Me estiré, aún enredada en la manta de la noche anterior, y luego… me di cuenta de algo extraño. Mis mejillas se sentían cálidas. Mis labios estaban curvados.
Estaba sonriendo.
¿Me había quedado dormida así? La idea me dio ganas de reír, porque la única vez que me despertaba sonriendo era en mi cumpleaños cuando tenía ocho años