60. El enorme peso de la culpa
Sin darse cuenta, se quedó dormido en aquella recámara que todavía guardaba su aroma.
— ¿Se ha comunicado Francisca contigo? — preguntó a María cuando entró a la cocina.
La mujer negó, cabizbaja, mientras cortaba un par de tomates para el desayuno.
El brasileño pasó un trago y apretó los puños. Su interior dolía… dolía profundamente.
El siguiente par de días no fue para nada distinto, la misma respuesta a sus preguntas y el mismo infierno encarnizado.
Salió de allí, despavorido, no atendió