La calma que se apoderó de Iván y Samuel fue efímera. El sonido de sus pasos apresurados resonaba en los pasillos desiertos, mientras el resplandor tenue de las luces fluorescentes colgantes iluminaba débilmente su camino. La hermana de Elisa, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, comenzó a respirar más tranquilo, pero la tensión seguía en el aire. No podían relajarse. Sabían que estaban a punto de escapar, pero no tenían certeza alguna de que Montalvo no estuviera por delante,