La luz de la madrugada comenzaba a colarse por las rendijas de las cortinas en la oficina de Iván. El sonido del tráfico que aún era bajo, apenas comenzando a elevarse con el despertar de la ciudad, era como una advertencia silenciosa de lo que vendría. Cada minuto que pasaba parecía cargar más de tensión el aire denso de la oficina, hasta el punto de volverse insoportable. Iván no podía dejar de pensar en la carta de Esteban Montalvo que había recibido la noche anterior. Las palabras resonaban