La brisa nocturna era fría, cortante, y aunque el portón de la mansión Montalvo se encontraba solo a unos metros de distancia, la sensación de estar atrapados en una telaraña invisible comenzaba a ser insoportable. Iván y Natalia, con el rostro marcado por la tensión, se habían acercado lo suficiente como para pensar en la libertad, pero el sonido de la voz de Esteban había congelado el tiempo. No podían seguir adelante. No podían huir. Estaban atrapados en su propio juego, y Esteban Montalvo l