Las paredes de la sala de juntas parecían estrecharse alrededor de Natalia mientras los ojos de los ejecutivos se fijaban en ella, algunos con desdén, otros con un aire de incertidumbre. Había algo en su postura, en su mirada, que mostraba que ya no era solo una hija perdida, sino una mujer con ambición, un apetito de venganza que se reflejaba en cada palabra que pronunciaba.
Sebastián Valverde, sentado en la esquina de la mesa, la observaba con una mezcla de desconfianza y admiración. Sabía qu