Alfa Jerome no sólo aprovechaba cualquier oportunidad para poner sus manos en lugares inapropiados mientras hacíamos combate, sino que cuando se dio cuenta de que no podía conmigo, o quizá porque se dio cuenta de que se le acababa el tiempo, me inyectó acónito.
Agradezco que sea inmune a eso. Si no lo fuera, habría acabado en el hospital de la manada y, de todos los lugares de nuestra manada, probablemente habría sido el más fácil para secuestrarme.
Cuando me doy la vuelta para entrar, el Alfa