Las explosiones seguían apareciendo en las pantallas.
Una tras otra.
Diferentes ciudades.
Diferentes países.
Pero el mismo mensaje.
Caos.
El mundo entero estaba viendo.
Y ahora… también estaba sufriendo.
Valeria no apartaba la mirada.
Sus manos temblaban.
Pero no por miedo.
Por rabia.
—Detente —dijo con voz firme.
Gabriel Navarro sonrió desde la transmisión.
—Tú decides cuándo se detiene.
Santiago golpeó la mesa.
—¡Es un maldito enfermo!
Mateo tecleaba sin parar.
—Estoy intentando rastrear las