—Sus cervezas, caballeros.— La voz dulce de la cantinera no perturbó la gélida expresión de Tabar. Tomó el jarro con un simple gesto de cabeza en modo de agradecimiento. La taberna se encontraba en silencio. No solía llenarse hasta entrada la noche cuando los campesinos terminaban su labor o los guerreros cambiaban de guardia.
—Gracias, Kanya— Fue Jabari quién finalmente contestó con una sonrisa amable. La joven se sonrojó, desacostumbrada a las palabras cálidas luego de atender hombres ebrios