Al sentir el contacto de su padre, Marianne se derrumbó internamente.
Zacarías pudo sentir cómo el cuerpo de su hija temblaba, no de frío, sino de una agitación sísmica que amenazaba con romper su elegante compostura.
—Cariño, mírame... ¿Estás bien? —preguntó Zacarías, apartándola apenas unos centímetros para escrutar su rostro bajo la luz de los faroles—. ¿Qué te hizo ese hombre? ¿Te amenazó? ¿Dijo algo que sobre los niños? Si es así, te juro que...
Marianne negó con la cabeza con una lentitud