El sonido de los pasos del agresor perdiéndose en la oscuridad fue lo último que rompió el silencio del callejón.
El hombre corrió como el cobarde que era, dejando tras de sí el rastro de su infamia.
Daniel, con el pecho agitado y los nudillos aún calientes por la adrenalina, ignoró al fugitivo.
Su único mundo, en ese instante, era la mujer que intentaba mantenerse en pie frente a él.
Marianne intentó alejarse.
Sus pies, traicionados por la sustancia que recorría sus venas, se enredaron entre sí