Avana permanecía en el centro, sintiendo que las miradas de todos quemaban su piel.
Sus ojos estaban anegados en lágrimas que amenazaban con desbordarse, dolor puro que reflejaba la humillación más profunda que había sentido jamás.
A su lado, Álvaro apretaba los puños hasta que sus nudillos blanquearon. Sentía unas ganas inmensas de abalanzarse sobre Agustín y borrarle esa sonrisa de suficiencia con la fuerza de su rabia.
A su alrededor, el murmullo de los invitados no cesaba.
“¿Por qué?”, se p