Marianne salió tras ellos sin pensarlo. No escuchaba ya la música del bar ni las risas apagadas detrás de las paredes. Todo quedó atrás, ahogado por el latido furioso de su corazón. Sentía la sangre, golpearle, los oídos, la garganta cerrada, los pasos torpes por la mezcla de rabia, impotencia y miedo. Era como si algo se estuviera rompiendo dentro de ella y no supiera cómo detenerlo.
—¡Daniel, espera! —gritó, alcanzándolos al fin—. Antes debes saber algo.
Daniel se detuvo. El gesto fue automáti