Por la noche, cuando Daniel llegó a casa, el silencio le resultó incómodo. Dejó las llaves sobre la mesa y se quedó quieto unos segundos, con la mirada perdida, como si aún no hubiera terminado de llegar del todo. Su mente no estaba allí, estaba atrapada en un rostro, en una voz, en una sensación que no lograba sacudirse.
Pensaba en esa mujer.
En Rachel.
¿Por qué me besó? —se preguntó mientras se aflojaba la corbata—. ¿Por qué sigo pensando en ella? ¿Qué importa…?
Se dejó caer en el sofá y pasó