La luz dorada del atardecer en Mayrit se filtraba a través de los ventanales de la mansión, bañando la habitación de los niños con un aura de paz que Marianne atesoraba como su único refugio.
Allí, entre paredes de tonos pasteles y el suave aroma a talco y lavanda, el mundo exterior dejaba de existir.
Sus hijos, Marcus y Mateo, eran el centro de su universo, la razón por la que su corazón seguía latiendo a pesar de las grietas que el pasado le había dejado.
Marianne estaba sentada en la alfombra