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Parpadeé algo confusa y la miré sin registrar por completo el cambio en sus ojos, la forma en la que sonrió.

Sus pulgares acariciaron el dorso de mis manos y me sonrió con calidez.

―Sabes, te he estado viendo desde que nos conocemos. Me pareces una joven preciosa. Tienes ese cabello liso y oscuro, los ojos rasgados de un bonito verde que no concuerda con tus rasgos más asiáticos. ¡Eres tan bonita! ―alabó con suavidad y sus nudillos tocaron mi mejilla.

Traté de mantener los ojos en los suyos, de no sentir que la sangre se me calentaba y se agolpaba en mi rostro, pero fue imposible. Sí, era verdad, mi rostro era una combinación étnica muy poco común. Mamá era caucásica como todos en el país, pero mi progenitor, el que solo me incubó en mamá, era oriental. Según lo que supo, papá era de origen vietnamita, nació y creció en el sudeste asiático y, por lo que sabía, se conocieron cuando ella era joven e ingenua, cuando papá estaba en un viaje de negocios y mamá en un viaje por toda Europa. Él era mayor y ella muy inocente. Papá la sedujo, la embarazó y dejó. Fin de la historia, pese a que sus rasgos se quedaron conmigo.

Sí, era una mezcla entre mi madre y el hombre que solo puso su material genético para crearme. De ahí que Andrea y yo fuésemos tan diferentes.

Siempre fui un poco más pequeña que el promedio, delgada en mi niñez, pese a que cuando crecí y las curvas se apropiaron de mi cuerpo dejé de parecer escuálida. Me salieron un par de pechos enormes, unas caderas redondas y pronunciadas y mi trasero acogió toda la grasa que entraba a mi cuerpo. A decir verdad, engordé con excesiva facilidad y se notó demasiado gracias a mi altura.

Si bien tenía la piel clara, los ojos verdes y el cabello oscuro, ahí acababa mi similitud con mamá y Andrea. Era bajita, un poco rolliza, con los ojos rasgados, almendrados, los labios mullidos y pequeños, rostro ovalado y pómulos altos, muy característicos en las mujeres vietnamitas, pese a que mi cuerpo tenía más curvas que una carretera sobre una montaña, un tipo de figura que ni mamá tenía.

Me mordí el labio, no supe a dónde quería llegar Lorena con su inspección, pero después de la comida, estaba tan complacida que le permitiría hacer cualquier cosa. Nadie había dado nada por mí en tanto tiempo, que la susceptibilidad me hizo aguardar cuando me tocó la mejilla, cuando acarició mi rostro y bajó por mi cuello y hombro.

―Tienes un potencial… Ni siquiera lo imaginas, ¿verdad?

Tragué saliva.

Nunca me gustaron las mujeres. No tenía mucho tiempo para cualquier cosa de todas formas. Tuve un novio años atrás, con él perdí la «virginidad» y estuve a punto de dejar los estudios para quedarme en el pueblo a su lado, sin embargo, mamá me convenció de hacer el examen de ingreso, de seguir adelante con mis metas, de ver más allá del pueblo. Me recordó que estaba muy joven y tenía mucho por descubrir. A él no le pareció tener una relación a larga distancia y rompió conmigo. Un año después, estaba casado con otra chica.

Después de mi fatídica ruptura, no encontré las ganas de volver a estar con alguien. Meses atrás, tuve un amorío de una noche con un compañero de facultad que me endulzó el oído para después dejarme con la palabra en la boca. Fue cosa de una noche. Y me arrepentí mucho de ello.

Sin embargo, sentada al lado de Lorena, con su rodilla desnuda tocando la mía, sus pezones erguidos y grandes devolviéndome la mirada… No pude rehusarme, aun cuando no quería estar con ella.

Lorena se acercó más, apartó mi cabello y me hizo alzar la cabeza para que me encontrara con sus pupilas dilatadas y brillantes.

―Tranquila, cariño, solo quiero hablar contigo ―indicó risueña, divertida incluso.

Inspiré hondo para controlar mi apresurado corazón.

Me sonrió, demasiado entretenida con la forma en la que me cohibí. Se relamió y se hizo hacia atrás.

―Descuida, me llamas la atención, por supuesto, pero no en el sentido que crees, no del todo ―aseguró y movió su melena rizada―. Verás, lo que quiero es darte trabajo.

Mis ojos se abrieron, mis pestañas tocaron las cejas, el asombro desencajó mi mandíbula. Me esperaba cualquier otra cosa que lo que salió de su boca.

¿Trabajo?, ¿de qué?

Pareció leerme la mente. Su sonrisa se amplió antes de responder.

―Verás, pequeña Niki, hace unos meses, casi años, estaba como tú, quizá mejor o peor, ahora no te sabría decir. Tenía muchas deudas y problemas a causa del dinero. Quería estudiar, superarme y tener todas las cosas y metas por las que uno se inscribe a una universidad, pero, como tú, no tenía dinero. No tenía ni un solo céntimo para cubrir mis estudios, y más joven no me estaba haciendo, ¿sabes? No sé cómo te haya ido a ti, aunque a juzgar por la delgadez que muestras, tu piel sin brillo y tus ojos cansados, diría que no la has pasado nada bien, tal como a mí.

»No vengo de una gran familia, de hecho, es todo lo contrario. Soy un cliché andante, cariño. Mi madre era alcohólica, mi padre un golpeador y tuve un hermano que… puf, para qué hablar de él. El caso es que crecí sin oportunidades, pero con el deseo de tener más.

Hizo una pausa, su sonrisa se desdibujó por un segundo y sus ojos se perdieron más allá de mi espalda, como si los recuerdos se arremolinaran en su cabeza.

―Mi suerte empeoró cuando quedé embarazada…

―susurró y aspiró profundo. Sus labios se estiraron, una mueca pequeña y sin sentido―. Lo perdí tras decírselo a mi novio. Él… no quería ser padre, ¿me entiendes? Tenía varios meses cuando me di cuenta. Al principio porque lo ignoré, después porque quise que fuese realidad. Cuando lo confirmé y le comenté a mi novio… él se encargó de que no viviera.

Se me heló la sangre y la vi de otra manera. Lorena me pareció mayor de lo que era, de lo que parecía, y mucho más fuerte de lo que imaginé.

―Reconozco a alguien que lo ha perdido todo, Niki ―musitó y resopló tras un momento―. Sé lo que puede estar pasando en tu vida. Yo misma me sentí sin ánimos de seguir viviendo. Aun así, un fuego dentro de mi alma se encendió cuando perdí mi inocencia, cuando descubrí lo cruel que puede ser el mundo, lo desafortunada que es la vida para algunos y lo mucho que otros tienen. Quería más, ¿sabes?

La decisión se hizo con su rostro, con sus fosas nasales que bailaron con cada inhalación y exhalación, con sus labios que se aplanaron.

Sus ojos centellaron como mil estrellas fugaces.

―No quería que lo único que quedara de mí se fragmentara para seguir siendo el cliché en el que me convertí. Tenía diecinueve y nada por lo que luchar. Así que, hice algo que no debí… algo que la desesperación y las ansias me orillaron a hacer.

Sus pupilas dilatadas absorbieron las mías cuando me observó y la furia y el fuego en su interior calentaron mi piel.

―Fui a una casa de citas. Sí, es lo que crees. Siempre me lo dijeron. Siempre me gritaron que mi cuerpo solo servía para una cosa, que no era más que unas curvas bonitas, unos labios gruesos y una vagin.a que podría abrir para otros.

Tragué saliva, la crudeza de sus palabras caló en mi alma.

―Necesitaba el dinero si quería ser más que eso, así que vendí mi cuerpo. No me avergüenza decir que abrí las piernas para que otros hombres usaran lo que me corresponde por derecho. La primera vez me sentí como una m****a, no te voy a mentir, es una m****a gigante dejar que un hombre que no conoces, por el que no sientes nada, use tu cuerpo, pero es lo que es, no más, no menos.

Me encogí en mi lugar y su sonrisa ya no me pareció tan dulce, más bien se modificó, aun si seguía siendo la misma. No me dio asco, no sentí repulsión, al contrario, la admiré por hacer algo, aunque fuese tan desesperado.

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