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Su regusto seguía en mi paladar y me enderecé lentamente. Apenas respiraba y tuve que tragar saliva al entender su mirada.

―Quiero que te unas a mí, Niki. Te daré un trabajo que te hará ganar mucho dinero, podrás venirte a vivir conmigo si gustas, te ayudaré a poner un poco de carne en tus huesos y cuando lactes, harás mucho dinero. Es un ganar ganar, cariño. Sé que lo necesitas, lo veo no solo en tu delgadez que se volverá extrema en poco tiempo si no haces nada para parar tu muerte. No sé cuáles sean tus problemas, no me importa, solo quiero darte la oportunidad que nadie me dio a mí.

Temblé, su voz, su energía, su desnudez… Todo giró a mi alrededor. No supe qué pensar, mucho menos qué decir. Me estaba proponiendo vender mi leche, bueno, la que haría que brotaran de mis pechos. Estaba estupefacta.

―Es cierto que no es un trabajo glamuroso, al principio puedes llegar a cuestionar tus decisiones, pero no tienes que ofrecer tu cuerpo, ni siquiera verás a los hombres que compren tu leche.

―¿Cómo? ―inquirí sin retener la pregunta.

Mi espalda se irguió, el interés creció y comprendí la salida que me estaba dando.

Lorena sonrió más complacida, inspiró hondo y se puso la bata una vez más, cambiando por completo su actitud, para después, «poner los puntos sobre las íes» y hablarme sin tapujos de lo que podría ser mi próximo trabajo.

Acepté. Tenía la opción de no hacerlo y, entonces, ¿qué haría?, ¿cómo pagaría los gastos de Andrea, los míos?, ¿qué le enviaría a la tía Margaret si no accedía?

No tenía ni una sola oferta de empleo que me asegurara no morir de hambre en pocos días, incluso era probable que me sacaran del departamento por deber más de un mes de renta. Y la universidad no se pagaría sola. Además, así podría seguir buscando con más calma algo mejor. Sí, lo haría por un tiempo y cuando tuviera todo listo, podría seguir con mi vida como si nada hubiera pasado.

Me convencí de que sería un «trabajo» que haría mientras la vida volvía a la normalidad.

Lorena me explicó cómo lo hacía. Lo tenía todo zanjado. A petición del cliente, que tras ver el catálogo de la web hacía el pedido, Lorena filmaba la extracción de la leche dependiendo de las especificaciones. A veces lo hacía con ropa, otras sin, a veces se tocaba, otras veces no lo hacía, a veces decía cosas, otras veces solo gemía… dependía mucho de lo que el cliente solicitaba. Tras la extracción, la leche se embotellaba y se enviaba el mismo día por la vía correspondiente. Lorena tenía contratado a un hombre que se encargaba de hacer los envíos para no romper «la cadena de frío», así el «comensal» recibía su leche a una buena temperatura. Por supuesto, la extracción también podía hacerse en una videollamada. Estas eran las más costosas, puesto que implicaba que Lorena pusiera en orden sus asuntos para atender al cliente; que arreglara la cámara para que no viesen su rostro y le mostrara su cuerpo sin restricción. Las videollamadas no eran tan frecuentes, no solo por el costo, sino porque muchos de sus clientes se rehusaban a dar la cara, a que ella escuchara su voz. Aun así, los pedidos llegaban.

Por eso ya no podía más. Pese a que su «producción» era abundante, tenía que hacer muchos arreglos. No podía atender a más de dos o tres clientes por día, y las videollamadas debían hacerse en cierta hora, lo que en ocasiones limitaba su horario, incluso el de la universidad, ya que dependía mucho de los «consumidores». Además, en estas podían pedirle lo que quisieran, lo que significaba que tenía que estar desnuda y dispuesta a ofrecerles un espectáculo más completo.

Aun así, pese a que los escalofríos me recorrieron cuando me explicó a detalle lo que podría pasar, decidí que no tenía una mejor opción.

Mamá no estaría orgullosa, de eso estaba segura, pero no dejaría a Andrea, y tampoco cargaría con la responsabilidad a mi pobre tía Margaret.

No lo hice por mí, ni siquiera acepté como forma de agradecer lo que Lorena hizo al llenar mi estómago, lo hice por Andrea, por su bienestar, porque esperaba que, en algún momento, ellas estuvieran mejor.

Solo sería mientras pudiese encontrar un trabajo más «adecuado», así que debía esforzarme en hacer las cosas bien.

Lorena me prestó dinero, por lo que entendí, su negocio iba tan bien, que no tuvo problemas en facilitarme lo necesario para solventar la deuda con el casero y enviar el restante a tía Margaret, incluso pagué la escuela de Andrea.

Me mudé con Lorena ese mismo día.

Por la noche, la ayudé con una videollamada. Fue bastante tranquilo. El cliente le pidió que se sacara la leche despacio mientras se metía los dedos en el «coño». Así lo dijo, con tanta crudeza.

La incomodidad volvió a ganarme, aun así, hice lo que debía. Desde ese momento, comencé a trabajar para Lorena.

Después de la llamada que duró cerca de una hora, y tras almacenar su leche de la forma adecuada y pedir al encargado que la llevara al domicilio del «comensal», cociné la cena mientras Lorena se duchaba.

Cuando salió, solo cubierta por la misma bata de seda, me entregó un frasco de comprimidos.

―Es para que comiences a lactar ―explicó con simpleza y lo dejó frente a mí, como si no significara nada.

No quise preguntar qué contenía, solo me limité a seguir las instrucciones de Lorena. No solo debía tomar las píldoras dos veces al día, sino que debía comer y beber ciertos alimentos. Había una planta de origen latinoamericano que servía para aumentar la producción de leche, se hacía como té. Además, según Lorena, la ingesta de avena y otras comidas ayudaba con el sabor y la cantidad.

Por supuesto, como punto final, tras comer y hablarme tranquilamente sobre ciertos pormenores, sobre todo, de convivencia, se levantó de la silla alta y fue hacia uno de los cajones de la cocina para sacar una caja de buen tamaño que me entregó.

Tragué saliva cuando vi el dibujo que aparecía en la portada. Era de un sacaleches idéntico al suyo.

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