8

―Debes usarlo, la estimulación hará que lactes más rápido. Si tienes novio, dile que se amamante de tus tetas durante el sexo, no solo es delicioso, sino que ayudará a que tu mente se libere y destense con ello. Y, por las noches y mañanas, usa el sacaleches ―instruyó con gesto cansado y luego bostezó.

Enrojecí hasta las orejas y bajé la mirada.

―Y-yo n-no tengo novio.

Mi respuesta la hizo pestañear y luego sonrió grande.

―Tranquila, si no es así, puedes solo seguir con lo demás. Igual… si quieres ayuda…

Se relamió y una de sus manos acomodó mi cabello detrás de la oreja.

El calor me impidió meter aire a los pulmones y no pude alzar las pupilas.

Lorena se rio por lo bajo y sacudió la cabeza.

―Me gustas, Niki, no exactamente como pareja romántica, pero, si te soy sincera, ya quiero probar tus tetas cuando produzcan rica leche, incluso tengo preparado cómo hacer tu vídeo de presentación para la web y lo que haré para atraer más clientes ―susurró con lascivia, con la voz dulce y melodiosa, como una canción sutilmente obscena.

Una gota de sudor resbaló de mi frente. Estaba tan caliente que quise abanicarme, en su lugar, apreté la caja del sacaleches que sostuve con ambas manos.

Lorena volvió a reír.

―Tranquila, te prometo que vas a disfrutar. Sé que eres cohibida, lo veo, así como también sé que estás calientita. Pronto entenderás cuánto puedes disfrutar con esto, Niki, sé que lo harás. Lo vislumbro, debajo de tu candor y pudor, se esconde una mujer deseosa de explorar más.

Su mano subió a mi quijada e impulsó mi rostro para que mis ojos se enfocaran en los suyos, cafés, cálidos y chispeantes.

―Sé que lo vas a disfrutar, sé que la represión que ahora sientes se difuminará cuando tus tetas te pidan la boca de un hombre, cuando quieras alimentarlos y cabalgar sobre sus penes duros para ti. Adorarás la sensación. Lo sé, pequeña, lo veo en tu mirada brillante, en tu gesto.

Aspiró hondo y volvió a sonreír, esa vez, una sonrisa relajada y dulce. Soltó mi rostro, pero no aparté los ojos de los suyos.

―No sé cuánto puede tardar en hacer efecto los comprimidos, puede que sea un mes o solo unas semanas. Descuida, llegará el momento. Tendremos que esperar hasta que tu producción sea la necesaria para llenar una botella al día, como mínimo. De cualquier manera, sigue lo que te he dicho y todo estará bien.

Su sonrisa se amplió, sus ojos se entornaron y me dio un golpecito en la nariz antes de girar sobre sus talones e irse de la cocina directo a su habitación.

―Pasa una bonita noche, Niki ―se despidió con otro bostezo antes de entrar a su cuarto.

El pulso retumbó en mis costillas, en el esternón. El calor sofocó mi pecho y el peso de sus palabras caló en mi cuerpo. No pude evitar recrearme con las imágenes que formó con sus palabras, con la forma en la que el embrujo de su voz me llevó a imaginarme tal como dijo.

¿Podía hacerlo?

Tragué saliva, no lo sabía, no estaba tan segura como ella, sin embargo, no había marcha atrás, estaba subida en ese tren y no me iba a bajar antes de comenzar la nueva aventura.

Tomé una gran bocanada de aire y, con lo necesario en las manos, me fui a mi nueva habitación, donde dejé mis cosas esa tarde.

Solo tenía un colchón inflable que me dio Lorena y poco más. Mi ropa seguía en bolsas de basura, mis zapatos amontonados en una esquina. La habitación no tenía nada antes de que me mudara esa tarde. Por suerte, el armario estaba empotrado y con el colchón inflable me bastaba para seguir adelante.

Llevé la botella de agua a mis labios junto con el comprimido y me lo bebí sin remilgo.

Con decisión, sin querer pensar si estaba haciendo bien o no, me quité la camisa y el sujetador. Desnuda de la cintura hacia arriba, saqué el sacaleches de la caja, lo armé según las instrucciones y lo llevé a mi pecho derecho. Estimulé el pezón durante unos segundos. La incomodidad volvió a ralentizar mis movimientos, pero no me asusté, al contrario, seguí con lo que debía hacer.

Respiré hondo, cerré los ojos y me dije que solo estaba haciendo lo que debía para seguir adelante, no tenía por qué avergonzarme. No tocaría a ningún hombre, no me prostituiría, no haría nada ilegal ni amoral, quizá sería un poco cuestionable, no obstante, mantendría mi identidad en secreto y tampoco es como si un hombre fuera a publicar que consumía leche humana como simple fetiche, así que, ¿qué podía salir mal?

Y succioné mi pezón con el aparato, arrancando un gemido de mi boca, un gemido ocasionado por la impresión, por el cosquilleo que elevó de lleno mi dura perla y la hizo encajar por completo en la boquilla. Mi vientre se calentó, pero no le puse atención.

Solo hacía lo que debía para cumplir mi promesa, no más ni menos, como dijo Lorena.

Siempre tuve los pechos grandes. Desde que mi niñez dio paso a la adolescencia, mis senos no tardaron en crecer y crecer. Creí que se detendría tarde o temprano, que el dolor y escozor acabaría, después de todo, mamá no tenía grandes curvas y según tenía entendido, las vietnamitas eran de figuras delgadas y estilizadas, no obstante, no corrí con esa suerte.

En menos de un año dejé de usar corpiños y pasé por varias tallas de copas, desde la A, la B, la C, hasta llegar a la DD.

Lo detesté. Odié que mis senos fuesen tan grandes, que mis areolas crecieran y mis pezones se sensibilizaran. No podía usar sujetadores infantiles con bonitos diseños, no solo porque mi talla no se acoplaba a estos, sino porque carecían de la solidez de la copa para adultas. Mamá trató de solucionarlo, de comprarme algunos bonitos en colores claros y pasteles, sin embargo, la mayoría de los corpiños hechos para adolescentes, con diseños estampados, no llevaban la sujeción necesaria para soportar el tamaño de mis pechos. Para colmo, gracias a que la tela de la copa no tenía refuerzo, mis pezones se traslucían a la mínima provocación.

No me gustó. La sensación de ser observada, de que algunos niños, cuyas hormonas estaban floreciendo se fijaran en mis pequeños botoncitos… Y comencé a caminar encorvada, a usar ropa floja, a encogerme y dejar que las prendas femeninas que antes tanto me gustaban, quedaran rezagadas al fondo del armario, de donde no volverían a salir. Mucha de mi ropa dejó de quedarme.

Para mi desgracia, no solo fueron mis pechos, todo en mi cuerpo cambió en poco tiempo. Dejé de acumular grasa en el vientre, al menos en su mayoría. Si bien mi estatura aumentó unos diez centímetros más, mis caderas y trasero se adueñaron de cualquier pizca de grasa que metí a mi boca para contrarrestar el peso de mis mamas, haciendo que abandonara mi figura infantil por completo.

Al principio creí que engordar sería una buena solución que, si lo hacía, me quedaría con la silueta infantil y redondeada que extrañaba, pero no fue así.

En poco tiempo, los niños me vieron de otra forma, en deportes se pegaban a mi cuerpo para tocarme sin que les pudiera decir nada. Y más de alguna vez escuché cómo hablaban de sus «proezas», de cómo tocaron mis pechos cuando se acercaron, de la manera en la que me rozaron cuando se dejaron caer sobre mi cuerpo y sintieron mis nalgas.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP