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En cambio, yo me estaba pudriendo sin lograr poner mi vida en marcha.

―La segunda vez, un hombre grande, moreno, y rudo entró a la pieza que la madame me prestó. Era… intimidante. Él me tomó y me arrancó la ropa sin decir nada, me llevó contra la pared y se hizo con mi figura. Estaba asustada, así que dejé que me lamiera y succionara la piel y, cuando llegó a mis tetas y las chupó…

Sacó aire por la boca, despacio, un escalofrío la sacudió y agitó la cabeza para volver en sí.

―No lo sabía. Pero estar embarazada ocasionó ciertos cambios en mi cuerpo. Quedé asustada cuando de mis pechos brotó leche, cuando el gigante gruñó y siguió devorándome como si fuera un bebé y… Me sentí tan bien, pero tan bien, que me corrí por primera vez.

Mis ojos se abrieron más y la miré sin comprender. ¿Acaso me relató lo que creí que estaba diciendo? Mi cerebro se saturó ante las imágenes que Lorena puso en mi mente, pero no las comprendí, pasaron de una a una como fotogramas sin revelar, en los que un hombre enorme la llevó contra la pared, la desnudó y se hizo con su cuerpo para descubrir que… ¿lactaba?

Fue demasiada información para mis aturdidas neuronas.

Sus labios se abrieron y sonrió con más fuerza. Una de sus manos se fue a su pecho y se estrujó la mama por encima de la bata. Jadeó y la tela se humedeció por encima de su gordito pezón.

Mis ojos se abrieron más y miré hacia otro lado.

Pero ella siguió sin importar su acto.

―Él me lamió, succionó y se amamantó con mi leche y… ¡fue tan glorioso!, que me corrí y corrí. Empapé su pantalón, su pierna que estaba entre las mías, y luego lo hice seguir y seguir. El calor inundó mi cuerpo, la energía crepitó en mi centro y… lo entendí.

La mancha circular creció, al punto de que pequeñas gotas blanquecidas perlaron sus senos para después ser absorbidas por la tela suave.

Apreté los muslos, no sé bien por qué lo hice, pero la incomodidad hormigueó en mi piel, en mis mejillas arreboladas, en mis labios que mordí.

―Y quería que siguiera y siguiera… Aquel hombre me enseñó algo que me gustó, algo que a él le fascinó y mi mente no pudo deshacerse de la idea al pasar de los días. Y renuncié.

Pestañeé en su dirección y subí la cabeza, más confundida que nunca. ¿Renunció, aunque le gustó?

Aspiró hondo, soñadora y meneó la cabeza. Soltó su pecho y se quitó la bata sin que pudiese abrir la boca para evitar que lo hiciera. Ante mí, quedó desnuda y, como Dios la trajo al mundo, se levantó del sofá y fue a la cocina.

Traté de bajar la vista, de mirarme las uñas que tenía un poco más largas de lo que me gustaría, pero sus caderas se movieron y me hipnotizaron.

Volvió con una sonrisa y un aparato entre las manos. Era una boquilla extraña y un biberón. Se sentó a mi lado y lo puso sobre su pecho. Se abrió de piernas para mostrarme su sexo sonrojado y húmedo. Retrocedí y perdí la capacidad de respirar. Nunca vi a una mujer desnuda, mucho menos tan expuesta…

Me giré cuando hizo funcionar el aparato con su mano, creando una succión que agrandó su pezón y lo hizo lactar para llenar el biberón.

―Tranquila, Niki, no te haré nada que no quieras ―se burló y se tocó con la mano libre la vulv.a, sus dedos se movieron y jugaron con su lubricación.

Era casi imposible no vislumbrar sus movimientos, incluso cuando tenía los ojos fijos en su televisor apagado frente a nosotras.

Lorena gimió y se metió los dedos. Su pecho lagrimeó con más fuerza, al punto de que estaba a la mitad del biberón.

Tragué saliva y apreté los labios para no fijarme en la forma en la que se estaba exprimiendo los senos, la manera en la que su otra mama goteaba sobre su torso y sus jugos chasqueaban al adentrar sus dedos.

Era un acto tan impúdico que me incomodó demasiado, no se me hizo natural ni bonito, y solo quería salir corriendo, a su vez, no me pude mover, no pude hacer más que morderme la mejilla y fruncir el ceño para evitar mover los ojos y admirar de cerca su orgasmo que estalló en pocos segundos.

Acalorada, y respirando con dificultad, dejó el aparato para sacarse la leche y se compuso durante unos minutos antes de levantarse del sillón. Se bamboleó hasta la cocina, vertió el biberón en un vaso que casi llenó y regresó a la sala.

La vi sin perderme ningún detalle, pese a que no me atreví a bajar la mirada de su expresión relajada, de su sonrisa dulce y satisfecha, de sus ojos relucientes, más que antes, como si una costelación se guardara en sus iris.

Se sentó a mi lado.

―Toma ―me ofreció su leche.

Retrocedí por instinto. Lorena se rio por lo bajo y se cernió sobre mí, encerrándome entre su cuerpo y el sillón. Sin apartar sus ojos de los míos, llevó el vaso a mis labios y me hizo beber su leche dulce y blanquecina.

Me paralicé, un calor sofocante ahogó mis entrañas y mi lengua pasó su leche en grandes tragos que quemaron cada parte de mi esófago hasta calentar mi estómago y vientre.

―Así, sé una nenita buena y bebe mi lechita ―susurró en tono meloso, me acarició la cabeza hasta que no quedó nada en el vaso.

El olor azucarado, a almendras y, algo extraño que no pude identificar, inundó mis fosas nasales.

Cuando se retrajo para sentarse en su lado del sofá, miró el vaso de cristal vacío y me aplaudió por ello.

―A esto me dedico ahora, cariño. Le ofrezco mis encantos a los hombres que anhelan probar la leche materna, hombres que sueñan con beber de una vaca humana. Es deliciosa, ¿verdad? Lo sé, la he probado y… me fascina. Nunca me imaginé que descubrirme como una vaca fuese tan satisfactorio, incluso más que el sexo ―ronroneó fantasiosa y lamió una última gota de leche que salió de su pezón, llevándola con el dedo a su boca.

Saboreó su néctar, gimió y, cuando abrió los ojos se enfocó en mí.

―Lo he visto. Tienes unas tetas estupendas. Grandes, redondas, jugosas… Hace años, creé una página para abastecer a mis clientes. Al principio fueron pocos los hombres que se animaron a comprar mi leche dulce y deliciosa, pero poco a poco he logrado tener una buena cartera de comensales, al punto de que ya no puedo abastecerlos a todos, ¿entiendes?

Su ceja se alzó y me miró con más interés.

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