39. Sombras del incendio.
En el auto, Santiago conservó la serenidad. No dijo realmente ninguna palabra, simplemente abrió la puerta del auto para que yo subiera y, después de encender el motor, aceleró por las calles silenciosas.
Ahora, en ese momento, comenzaba realmente a entrarme el sueño. Había pasado tantas horas despierta y trabajando. Y entonces, a esas alturas, el sueño realmente comenzaba a golpearme en la cabeza. Estaba con la mejilla recostada sobre el cristal cuando Santiago se aclaró la garganta. Iba a ini